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Alejandro Castillo: Qué se canta en la calle?
Martes 25 de enero de 2005, escrito por
Metro de París, estación Réamur-Sépastopol
l8 octubre de 2002-17H30
– Ven, voy a ganarme algo para la olla- dice Alejandro sonriendo y descendemos la escalinata ancha de la estación Réaumur-Sébastopol, a pocas calles de su casa en el 2ème arrondissement de París donde vive con su compañera, la arquitecto tolosana Claudine Leroy.
Por primera vez, tras casi veinte años, he vuelto a tener noticias suyas. La víspera de nuestro encuentro, una amiga común, Luz, me mostró un compacto en el que reconocí a quien durante el poco tiempo en que pudimos conocernos dos décadas antes, en Antofagasta, acostumbraba llamar el Negro ó Cafrune. El número de teléfono en la cubierta del CD me permitió dar con su número actualizado. Cómo antofagastino me sentí tal como debe haberse sentido el periodista-explorador Henry Morton Stanley que dió con la pista del explorador Livingstone en Africa, cuando reconocí su inconfundible voz en el teléfono. Pero a diferencia de Stanley no tuve necesidad de agregar:"Monsieur Castillo, je suposse? (I presume?)" Simplemente nos dijimos un "Hola puh hueón" casi simultáneo...qué onda? Como si nos hubiésemos visto sólo días ó una semana antes...
Entre los nortinos que deambulamos por Europa, en particular entre los antofagastinos de la época, hablo de los años sesenta, la figura de Alejandro, el Negro Castillo, se había transformado en un misterio, hasta en materia de chistes, por mi parte trataba de saber sobre él a través de los integrantes de Los Jaivas donde sabía había llegado con una carta de recomendación firmada por mi esposa de entonces Patricia y co-firmada por mi, misiva en la que le presentábamos como un músico y cantatutor de valía, que deseaba relacionarse con ese mundo allá, el de la música y los cantautores. Tras aterrizar en Francia se dirigió al célebre "castillo de los Jaivas" que no era otra cosa que un gran casa en medio de un dominio señorial venido a menos, en los Altos del Sena, en Chatenay Malabry.
Al parecer ninguno de nuestros amigos, Ni Gabriel ni Claudio ni Gato a quienes estaba dirigida la larga misiva, la recibieron ni pudieron leerla jamás, así me lo aseguró el propio Alejandro en la más larga y profundizada conversación que la vida nos depararía, en París. De hecho lo mismo corroboraron cada vez que pregunté al respecto, cada uno de nuestros amigos comunes, los hermanos Parra y Gato Alquinta. La carta que pedía una notita de respuesta, se perdió el mismo día de su llegada a Chatenay y la respuesta, por cierto, nunca llegó. Alejandro no quizo extenderse en explicaciones sobre lo ocurrido, pero algo ocurrió que Alejandro prefirió omitir, a la nortina, a lo pampino.
Lo importante es que se encontraba en París, cerca de París; los hijos de los Jaivas le recuerdan como el grande que les cuidó, jugó y les enseño a hablar chileno nortino en la infancia, mostrándoles también realidades como las de los fusilamientos de resistentes franceses en la Butte Rouge por parte de los nazis, cuando pasaban ante las estelas recordatorias comunes en el barrio del mismo nombre, durante sus paseos; mientras sus padres ensayaban ó estaban en concierto y sus madres se ocupaban de fabricar y vender artesanías, además de ocuparse de preparar el sustento de la camada de jaivitas.
Luego, Alejandro conocería otras personas y empezaría su larga estadía de altos y bajos en la Ciudad Luz. Algunos trataban de atraerlo a sus tiendas políticas a las que asistía por solidaridad, Alejandro era del tipo que gustaba de participar en la obra común, sólo iba a esos encuentros para cantar apoyando causas universales y progresistas, nunca se inscribió en partido alguno. Alejandro siempre fue un hombre individuo que se acercaba a los otros à través de su arte, el canto. Una copa de vino y de sus dedos brotaban los acordes que le sacaban la voz de pescador que poseía, de nortino nacido al borde del mar.
Sonreía cuando pasó la barrera de la entrada en el metro, los vigilantes le conocían y se saludaron mutuamente; Los artistas del Metro de París son celosamente audicionados en una oficina en los mismos subterráneos y deben demostrar su calidad y seriedad antes de recibir la licencia que les permite utilizar espacios previstos para producirse.
– Aquí todos me conocen, ya soy parte de los muebles- afirma mientras empieza por dejar su guitarra enfundada en un borde y prepara los cables del carrito de compras que transporta una batería liviana y un amplificador con parlante. Instala un micrófono para la guitarra, puesto que su potente voz no requiere aumentarse, desviste la guitarra y la funda queda en el suelo para recibir los centavos de los pasantes.
Afina y lanza una primer frase: "Porque no engraso las ruedas..." el tema de Atahualpa Yupanqui, el célebre folklorista argentino a quien tanto admiraba. Luego ya preparado da inicio a su concierto:
"El que ha vivido penando por causa de un gran amor,
no encuentra nada mejor que cantar e ir pensando
que si anduvo calculando
que su culpa pudo tener..."
Esa tarde, Alejandro ha llegado a una hora diferente de la habitual. El público: los transeúntes viajeros que pasan apurados para alcanzar la siguente línea del metro parisino que les conviene.
– Es lo mismo todos los días a esta hora- dice, el Negro Cafrune lo sabe, pero el deseo de mostrarme su mundo es más fuerte.
– Aquí, en el Metro puede pasarte todo: la indiferencia total ó lo mejor de la vida - prosigue antes de comenzar un segundo tema. Por el túnel, saliendo de la línea 4 se escucha crecer la potente voz del mejillonino Alejandro Castillo: "Por que no engraso los ejes, me llaman abandonao...". El célébre texto de Atahualpa Yupanqui; la voz y la letra me recuerdan entonces que 25 años atrás le conocí en Antofagasta y cantaba el mismo tema en el Instituto Chileno Francés de Cultura de la calle Prat, el Tambo Atacameño la peña más célebre de Antofagasta declinaba ya, la milicia pinochetista vigilaba por todas partes, con uniforme ó disfrazados de imberbes y hasta de barbudos jóvenes que informaban de todo y diariamente al cuartel de la CNI de la ciudad. Alejandro poseía dos apodos entonces, el Negro y Cafrune con quien el parecido fisionómico sorprendía. Con él aprendí a comer sanguches de pescado frito, deliciosos, que junto a un botellón de blanco consumíamos en un restorán llamado La Portada, casi al frente del instituto francés, donde trabajaba su gran amigo Claude...Algunos quizás aún artistas en el presente, los estudiantes de arte de la época también le conocían y quizás recuerden el cuerpo recio, la piel morena nutrida por el sol de Mejillones y la barba densa del hombre. Alejandro posaba para que los incipientes Picassos y Leonardos locales aprendieran carboncillo en mano, de qué estaban hechos los volumenes del cuerpo humano. ¿Cuántos de ellos consiguieron pintar la esencia, la vida y el sentimiento que surgía de sus poros, de su garganta joven y luego de hombre del puerto?
Al verlo aquí en París, donde al tiempo que escribo esta frase Alejandro emprende su acción de gracias a la existencia con el bello texto de Violeta Parra, "Gracias a la vida", me pregunto: ¿En que consiste, de qué está hecho el destino humano?
Un borracho arrastra su bilis nauseabunda a pocos pasos de allí y sus estertores me sacan de las cavilaciones que me provoca volver a encontrar al amigo del que nada sabía durante mucho tiempo.
– Es importante que me hayas buscado, que nos encontremos, tu no sabes que es muy importante- me dice para dejarme con más interrogantes todavía...aunque adivinaba que para él estaba claro que el reencuentro personal representaba también un reencuentro con su pasado y con quienes formaban el que pudiera llamarse su círculo de entonces, allá en la Perla del Norte, en la época en que devorábamos con fruición los ya descritos sanguches de jurel acompañados de blanquito.
– Cantar en el Metro- agrega- Es un privilegio...- Por fortuna el borracho se ha retirado desapareciendo por otro túnel...entonces renueva la voz, la bellísima voz de pescador de mi tocayo, mi casi hermano, mi amigo Alejandro Castillo de Mejillones, de Antofagasta. Su timbre, cual ancla del cerro de la ciudad me ata a la tierra que nos vio nacer. Le pregunto si se acuerda de las canciones de ayer, de las milongas que escribía para él Nelly Lemus y es que no puedo hacer de otro modo, requiero del recuerdo, así conocí esta voz que a esta hora y aquí canta para mí y los transeúntes parisinos en los subsuelos de esta ciudad, en esta especie de galería, de yacimentos de minerales que apenas conocemos, pero que quizás por el poco interés estratégico-militar que representan, todavía no parecen estar en la mira de los codiciosos del planeta, sólo espero que nunca lo estén.
Africanos, asiáticos, árabes, europeos, toda la especie humana desfila ante los ojos de Alejandro quien les acaricia con su voz:
– "Por eso te pido niña,
que no me guardes rencor..."
Cuarenta minutos más tarde, apenas cinco euros y algunos centavos esperan fructificar al son de:
– "Déjame que te cuente limeña,
déjame que te diga la historia..."
Los niños del barrio que bajan a jugar en la galería le conocen y le saludan, permanecen algunos momentos escuchándole. Los "bonjours" de los peques inspiran otras estrofas al cantante:
"Yo tengo tantos hermanos, que no los puedo contar..."
A través de su garganta, el viejo Atahualpa sigue cantando en la Ciudad Luz a su "hermana tan hermosa, que se llama libertad"...
– Cantar en el Metro- vuelve a decir Alejandro en una pausa- No es cantar en una sala de conciertos, porque si canto bien, como canto, porque canto muy bien, como no tienen plata y yo tampoco y no me pueden dar más, si les canto muy bien los pobres no podrán dormir tranquilos y yo les habré cantado bien...Sus reflexiones me recuerdan algunas del artista francés Antonin Artaud, a propósito del pueblo Tarahumara que conoció en México, escribe Artaud: "Porque darle al que nada tiene para ellos nos es propiamente un deber, sino una ley de reciprocidad física que el Mundo Blanco ha traicionado. Su actitud parece decir: "Al obedecer la ley, tu mismo te haces bien, no tengo, pues, que darte las gracias",tras recibir algo de alimento o dinero que gastan de inmediato en alimentos puesto que en la Sierra no les sirva para nada.
De tiempo en tiempo, aprovechando que el flujo de viajeros disminuye, Alejandro interrumpe su presentación, como queriendo recordarme algo: -¿Conoces a Horacio Guaraní?- prosigue, rasgueando las cuerdas.
"Si se calla el cantor, se calla la vida, porque la vida, la vida misma es como un canto..."
Algunos transeúntes permanecen más tiempo tras desacelerar en el trafago de los túneles. Frederic y una chica parisina, Eve, declaran: "Nos quedamos porque hace más agradable el metro", afirmación que corrobora con pragmatsimo un profesor jubilado, Monsieur Eddom: "Il faut qu’il gagne sa vie lui aussi, n’est ce pas?" ( Él tiene que ganarse la vida también ). Otros opinan, sin hablar, afirmando con la cabeza lo que escuchan y ya está dicho.
– La mejor hora- dice Alejandro, es la mañana y mientras más temprano mejor. La gente te da en la medida que les das- prosigue, para explicar porqué prefiere cantar a primera hora, en la mañana, cuando está más fresco y los apresurados transeúntes parecieran necesitar la fuerza, la esperanza que transmite la voz del cantante, ya que el repertorio de sus canciones es más una especie de fuente de un acérrimo creer en la vida, que un cacareo sentimental ó de mecánica alegría concebida por expertos en mercadeo. El fluído de su voz no es efímero, de alguna manera, los transeúntes adivinan sin comprender necesariamente el castellano, que están recibiendo, nutriéndose con algo indescriptible pero bueno: la voz de Alejandro, que los textos y la guitarra decoran.
Alejandro canta a la sangre bullendo en el corazón de los parisinos y ellos le retribuyen con algo más que los centavos que dejan caer en su escarcela. Las miradas cómplices, las sonrisas cariñosas, los amores de un solo instante, los sueños intercambiados entre las frases melodiosas, las esperanzas, también nutren a este hombre que considera un privilegio manifestar su arte popular, en el escenario más popular que pudiera imaginarse.
Dos horas y media más tarde, cuando el público disminuye casi definitivamente, los pocos que quedan pasan corriendo nerviosos y cansados. Tras una jornada de trabajo, a la hora en que los cuerpos piden reposo, Alejandro lanza por última vez:
"Porque no engraso los ejes..."
NOTA:
Alejandro Castillo murió consumido por un cáncer en la Clínica de Cuidados Paliativos, Jeanne Garnier de París, el 13 de octubre de 2003. Su cuerpo fue incinerado en el Cementerio Pére Lachaise de la Ciudad Luz donde permanecerá para siempre.

comentarios
11 de julio de 2005, 19:54, escrito por PAOLA CASTILLO
Bonito este articulo es especial , pero jamas deben olvidar que en chile dejo una familia DOS HIJOS DOS NIETAS Y SU ESPOSA, me da pena ver estas cosas, ver que le dan todos los atributos a su compañeras y no a sus hijos que dejo aca en chile, los hijos que NO tienen derecho de tener nada de su padre ni un libro de herencia nada, nadie se imagina como anelamos tener historias de mi padre o sus pertencias personales las cuales nunca nos enviaron.
Pero nosotros fuimos abandonados tanto por mi padre y sus amigos
28 de mayo de 2006, 23:28, escrito por Rosemery
me fascinaria contactar a Paola Castillo, mi nombre es Rosemery, y soy hija de Julia, la hermana de mi tio Alejandro, padre de alejandro castillo. uf, historia larga. Muy emocionante lo que escribio Adonis y triste lo que escribe Paola, yo que pasaba mis vacaciones de verano con alejandro, el creo que era o es un par de años menor que yo. es posible que no se necesite tener algo fisico, porque las memorias perduran mas alla. Yo soy americana USA y estoy en este momento en Mexico
13 de mayo de 2007, 20:17, escrito por patricio olivares hernandez
quiziera saber si alguien tendria grabaciones del cafrune del año 76 78 cuando estabamos en el tambo del cassette que grabo
4 de agosto de 2007, 09:20, escrito por freddy iglesias
no te preocupes,nosotros te daremos un pedazo de tu padre,q pa nosotros fue un su corazon entero.... la cancion ANHELO.... llamame al 215731 mi nombre es freddy iglesias
28 de junio de 2007, 13:32, escrito por Germán
Querido Alejandro,
gracias por traerme tantas memorias. Estudié en Antofagasta durante los años 1977 y 1978. A través de tus recuerdos y palabras hiciste que revivieran los míos...noches en el tambo, peñas improvisadas, tragos en El Galeón y la infaltable música humanista de El Negro...artesana de las caricias frías...a cada casa un pedazo de pan...queiro llegar al fondo de tu alma...Tantos versos y sentires que nos marcaron y se nos quedaron en el alma. Me enteré de la muerte de nuestro cantor en un viaje a Chile en el 2005...
Un gran abrazo y gracia...muchas gracias. Germán
30 de diciembre de 2007, 03:01, escrito por CHICO GUERRA
HOLA ALEJO.
MI VIEJO AMIGO. P`TA QUE TE QUIERO
TODOS DICEN QUE TE FUISTE, PERO PARA MI NO, YA QUE NO PASA UN DÍA EN QUE RECUERDE NUESTRAS CONVERSACIONES QUE SE MEZCLABAN CON LOS RICOS VINITOS. NUESTRA CAMINATAS POR EL SUCIO PARÍS COMO SOLIAMOS LLAMARLO;NUESTRAS INFINITAS CONVERSACIONES, NUESTRAS CARCAJADAS Y NOS CAGABAMOS EN EL MUNDO.
NUESTRO AMIGO FEÑITA INVITANDONOS A SU DOMINIO Y TU CANTANDO CON MI GUITARRA QUE AÚN CONSERVO POR LA SIMPLE RAZÓN DE QUE TU TOCASTE Y CANTASTE Y ERAN LAS 7 DE LA MAÑANA. PERO CANTABAS Y ME PARECIA QUE ERAMOS LOS UNICOS A TENER ESE PRIVILEGIO EN EL CUARTO DE FEÑITA.
SALUD ALEJO
CHICO GUERRA