Una “comendadora” de la amistad francochilena
El gobierno chileno otorgó a Carmen Couffignal la Orden de Bernardo O’Higgins por su acción solidaria. Un homenaje que, en este 8 de marzo, suscribimos y hacemos extensivo a todas las “francochilenas” generosas y solidarias
Acogedora, sensible, rigurosa y apasionada en sus juicios, opiniones e impulsos, Carmen me invitó en una oportunidad a compartir algunos de los esfuerzos que hacía, en Chimbarongo, la así llamada “capital del mimbre”, por ayudar a una familia cuya situación era más que precaria. No se trataba para ella de una simple acción de “caridad”. Surtout pas! Era más bien un deber, una verdadera solidaridad que tenía como ambición ayudar a ponerse de pie a quienes parecían tropezar una y otra vez con la pobreza y su cortejo de desamparo, humillaciones y desesperanza.
Esposa de Georges Couffignal, al que acompañó durante su misión en Chile como Consejero Cultural, Carmen estuvo siempre muy lejos de algunos clichés sobre las “damas diplomáticas” y sus acciones caritativas que, pese a las muy buenas intenciones, están a menudo marcadas por una persistente distancia con “los pobres”, esos seres como de otro mundo. Es esa una distancia que Carmen no ha sabido ni querido nunca poner. Una distancia susceptible de despertar en ella la atávica “furia española”
Pero más que seguir nosotros hablando de Carmen, “escuchemos” las palabras que pronunciara el martes 7 de marzo en la Embajada de Chile en París.
Eduardo Olivares
« No complicar las cosas sencillas ». Debiera seguir el consejo y decir sincera y únicamente « Gracias », pero ha sido grande la tentación de expresar algo más.
Parafraseando a Michelle Bachelet, « Quién hubiera pensado, amigos y amigas, quién hubiera pensado hace 20, hace diez, hace cinco años atrás... » que sería yo Comendador de la Orden de Bernardo O’Higgins... Que seríamos, puesto que esta distinción nos corresponde a todos [presentes y los ausentes que no han podido estar], Comendadores de la Orden del « héroe máximo de la independencia de Chile ».
Para mi en particular, tiene un significado especial. En primer lugar, porque Chile me recibe, como española que soy, bajo el palio de aquel que hizo lo que hubo que hacer para que los españoles se fueran. En segundo lugar, porque el libertador O’Higgins cuenta con toda mi simpatía... ¿Cómo no empatizar con alguien que poseía la virtud de « ser capaz de subordinarse sin amargura », que escogió como máxima « El bien por la fuerza », y qué terminó su vida exiliado, abandonado por los suyos, al igual que los otros Libertadores Bolívar y San Martín, cada uno en su laberinto...? ¿Y cómo no simpatizar con quién, según su biógrafo Jaime de Eyzaguirre, en el recogimiento de los últimos momentos dijo como última palabra « ¡Magallanes! »? ¿Por qué Magallanes?
¿ Quién hubiera pensado en aquel mes de inundaciones, junio del 2002, recién llegados a Chile, cuando conocí a la familia Rebolledo inundada y abandonada a su miseria (familia ya amputada, puesto que de los cinco hijos del matrimonio, las tres niñas (¿ por qué las niñas ?) fueron llevadas a hogares, esperemos, más acogedores, y los dos varones a otro más asistencial), que esa familia fuera fuente tan enriquecedora como « toda la geografía de Chile, para mí ? ».
A las imágenes, grabadas en la mente para siempre, de la cordillera, «esa cadena de montes milenarios como una caravana larga de dromedarios», ; del mar uno y múltiple, inaccesible en el Norte, bravo en Zapallar o en Tunquén, acogedor en las caletas, de aspecto mediterráneo alrededor de Chiloé, misterioso en los senos del Sur, interminable en Isla de Pascua ; de la araucaria, esa “ masa violenta de ímpetu y suave de grosura que penetra el bajo cielo araucano »; del nítido cielo del altiplano por donde pasean, despaciosos para dejarse observar, el sol, la luna y las estrellas ; o el recuerdo del viento que « arrodilla la hierba » de Patagonia... a esos tesoros que nos trajimos de vuelta junto con la madera de coihue o la artesanía de Pomaire, hay que añadir la experiencia que nos proporcionó la familia Rebolledo Rubilar.
Sabido es que « a fondo, el individuo está solo, solo en el mundo entero, solo frente a Dios... » como decía Kierkegaard. Ante ese aislamiento esencial, « el ser humano, lleno de espanto, se refugia en la comunidad », (no sé si Kierkegaard estaría de acuerdo en sustituir el término de comunidad por el de colectividad ; me permito la licencia). Cuando la colectividad no responde, el silencio es aterrador para el hombre. A mayor razón, cuando no cuenta con recursos intelectuales, psicológicos, familiares o materiales.
Acompañando a estas personas doblegadas por el espanto, conocimos más de cerca a la sociedad chilena, a sus ciudadanos, a la administración y a las instituciones. El municipio de Chimbarongo, los políticos y los funcionarios, la escuela, los carabineros, los tribunales de San Fernando y de Peumo, los organismos de protección y de caridad...
Con « el bien por la fuerza » que yo apliqué tan autoritariamente como O’Higgins, tuvieron casa, pensión y más seguridad ciudadana. Ejemplo de actitud occidental, la mía : no pregunté nada. Ejemplo de dignidad personal, de humillación secular la de ellos. Nunca pidieron nada y nunca les oí reprochar nada.
Son unos de aquellos chilenos de los que Allende hablaba y por los que murió, « las modestas gentes de nuestra tierra » y para los que quiso abrir grandes alamedas. Alamedas chilenas...« ¿A dónde será que llevan / para que así las crucemos / como un corredor de gracia / que muda la marcha en vuelo? ».
El azar hizo que unos particulares, nosotros, pudiéramos aliviar el désarroi de Javier Rebolledo, Carmen Rubilar y Francisco y Manuel. A nadie le amarga un dulce ni le sabe mal un premio ganado en una lotería. Pero no es Justicia que haya, en Chile o en Francia o en España, personas que no pueden salir adelante porque no reciben ayuda de la colectividad, del Estado; y que dependen, para sobrevivir apenas, de la casualidad de un encuentro, de la solidaridad de un camarada o de la caridad de un cristiano.
En esta historia, no comparto los versos de Armando Uribe « Claman al cielo los hambrientos / y el cielo nada les responde. / Nosotros no les respondemos / tampoco (...) ». Y es la única cosa sobre la que me permito llamar la atención de mis hijos.
Cuando se viaja, cuando se tiene el privilegio de vivir en otros países, entre otras gentes que abren sus puertas a la mirada ajena, los ojos y el corazón han de estar abiertos y alerta. Atentos para los paisajes, las riquezas culturales, los sentidos y las impresiones, por cierto. Pero sobre todo para los hombres. « El ojo que te ves / no es ojo porque tú lo ves / es ojo porque te mira ».
Lo demás es consumo turístico.
Termino por donde al comienzo juzgaba que debiera comenzar: sinceramente, gracias.
Carmen Couffignal
Comentarios
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Una “comendadora” de la amistad francochilena12 de abril de 2006, por Arturo MontesMuy emocionante, Carmencita Michilena. Arturo.
