Tan cerca, tan lejos...

24 de enero de 2005.

En estos tiempos de Internet y otros implementos de comunicación global, los humanos de todos los países estamos viviendo cada vez más, y a menudo en tiempo real, la misma historia. Franceses, mexicanos, rumanos, senegaleses, chinos y chilenos, entre millones de otros, compartimos a diario, a menudo “en vivo y en directo”, los principales eventos políticos, deportivos, culturales de nuestro tiempo : las caída de las Torres Gemelas, la de Sadam Hussein y la de Fidel Castro ; los goles de Zidane y el concierto de Jean Michel Jarre en la Ciudad Prohibida.

Gracias a todo ese progreso, los chilenos repartidos voluntaria o involuntariamente por el mundo pueden también seguir de cerca buena parte de la actualidad nacional. Internet les permite ver -suponiendo que valga la pena- la televisión chilena, oír la radio y bucear ansiosamente en la escasa y poco diversa prensa nacional, en busca de antecedentes que les permitan entender mejor y sobre todo sentirse más cerca de ese país que, pese al tiempo y la distancia, está siempre presente en las vidas y, muy a menudo, en los planes futuros de muchos de ellos.

Por eso mismo resulta particularmente irritante que, en un día como hoy, día en que los chilenos ejercen su derecho a voto, sigan estando marginados de ese derecho todos esos chilenos que de Sao Paulo a Canberra y de Burdeos a Estocolmo, celebraron con sincera alegría las reformas constitucionales que permitirán que Chile tenga por fin un parlamento sin vergonzosas e intolerables incrustaciones autoritarias. Que celebraron la posibilidad de que sus hijos nacidos en el extranjero obtengan la nacionalidad chilena aún cuando, en un primer momento, deban seguir ser siendo ciudadanos de segunda clase cuyos derechos de tales sólo serán plenos al cabo de un año de “purgatorio”.

Lo que obviamente no celebraron fue el nuevo incumplimiento, sin explicación alguna, de la promesa de dar derecho a voto a los chilenos del extranjero. Los que deberán contentarse, una vez más, con ser meros espectadores lejanos de la vida de su país. Un país cuyos dirigentes tienden a dar la impresión de que poco les importa el que muchos de sus compatriotas -en particular los que viven fuera de Chile, sigan siendo ciudadanos de segunda categoría.

Es por ello que en un día como hoy y pese al slogan oficial que pretende que todos formamos parte del mismo país y de los discursos que proclaman que Chile está cada vez más "cerca del mundo", muchos chilenos instalados en diversos lugares de ese mismo mundo se sienten, paradojalmente, un poco más lejos.