Santiago: primer concierto en Chile del cantante francés Benjamin Biolay
En el Teatro Oriente culmina este 26 de abril la primera gira sudamericana de una de las figuras más relevantes y singulares de la pop francesa actual.
Primera gira sudamericana de Benjamin Biolay, talentoso músico y cantautor que luego de comienzos musicales completamente clásicos -trombonista dos veces premiado en el conservatorio- "bifurcó" hacia la música pop. Sus comienzos en este nuevo universo musical fueron principalmente detrás de las bambalinas, creando canciones para figuras emergentes o consagradas de la escena musical francesa: de Juliette Gréco a Keren Ann pasando por Henri Salvador que, en cierto modo lo "consagra" transformando Jardin d’Hiver en uno de los grandes éxitos de la cancion francesa de comienzos de los 200O.

En 2001, Biolay graba su primer album, Rose Kennedy, un relato "a su modo" de la saga de la familia Kennedy. Biolay aparece entonces como mas que que un mero músico. Se revela como una suerte de poeta romántico y melancólico un tanto cínico y "dandy". Demasiado rápidamente, algunos lo consideran como una suerte de nuevo Serge Gainsbourg.
A Rose Kennedy sucederán Négatif (2003); Home (con Chiara Mastroianni - 2004); la banda sonora de la película Clara et Moi (2004); À l’Origine (Mars 2005) y el reciente Trash Yéyé (septembre 2007) que pone de manifiesto la madurez de un músico “singular” pero igualmente representativo del eclecticismo musical de las jóvenes generaciones de una pop que ha sabido nutrirse de los mas diversos universos musicales y poéticos: de la bossa nova al jazz, del rock a la vieja chanson française.
Biolay habla de Trash Yéyé
Para entender mejor lo que los franceses llaman "la démarche" -algo entre la "propuesta" y "la onda"- de Benjamin Biolay, reprodicimos a continuacion un texto escrito por él mismo sobre su ultimo disco. El texto se titula Cómo me trash yeyé(Mi vida interior).
Cincuenta y siete: esa es la cantidad de temas que contamos ayer a la noche con Bénédicte Schmitt, quien grabó y co-produjo el disco conmigo. Cincuenta y siete temas que produjimos e, incluso a veces, mezclamos durante esta - al final de cuentas - placentera aventura que fueron los dos años necesarios para la finalización del álbum. Lanzarse en este tipo de periplo introspectivo es una decisión impulsada por una paradójica mezcla de inocencia y animalidad. Comenzamos las sesiones en el momento mismo en que me ligaba en plena cara el fracaso comercial rimbombante del disco A l’Origine. Tenía, por aquel entonces, la molesta y bastante poco inédita sensación de ser un perdedor, ni siquiera magnífico. Sin embargo, basket-ball y otras pasiones de por medio (paso por alto mi vida cotidiana dicha privada, por discreción obviamente), no tengo el recuerdo de haber estado triste o con bronca, no, tan sólo un poco depresivo. Un proverbio regional dice que siempre hay que acariciar al perro que te mordió el día anterior. Entonces, decidimos, Thierry Planelle (ex-director artístico de Virgin), Bénédicte y yo, ponernos nuevamente manos a la obra.
Tenía ganas de hacer un disco con mis propios medios, como antes de mis primeros demos, es decir sin la ayuda de ningún otro músico, pero - pequeña trampa, se los concedo - con la ayuda más que preciosa e inspirada de Bénédicte Schmitt en la consola de mezcla. De este primer período, tan sólo subsisten algunos fragmentos, ya que un suceso de considerable importancia sacudió el mundillo musical: Sir Paul McCartney iba a editar un disco y él mismo interpretaba todos los instrumentos; estaba muerto. Algunos meses después, cuando mi vida musical estaba en punto muerto, tuve la suerte insospechada de ser contactado por Ambrosia Parsley. Les dejo imaginar la felicidad que sentí incluso si, durante nuestra primer sesión, daba pena tanto tenía la impresión (que algunos comparten, no lo ignoro) de ser el mayor impostor de los impostores. Por suerte, ni bien tiene un piano o una guitarra entre las manos, un tipo como yo deja de pensar a este tipo de estupideces y se reincorpora, sin olvidar que una música tan dotada como ella volvería mejor de lo que es a cualquiera. La primera sesión se desarrolló en París. Nuestro reencuentro tuvo lugar en Woodstock, en el Estado de Nueva York. Las horas de trabajo fueron deliciosas, inspiradas y logradas. Las horas de vida fueron aún mejores. Descubrí un paisaje, un aire puro y una luz que sólo conocía a través del cine, las ilustraciones, la literatura y la televisión... Estaba finalmente en la América de mis sueños originarios más decisivos. Woodstock es un Oasis en esta América agonizante, los felpudos llevan la imagen del presidente y los niños son el retrato calcado de Elliott en E.T. Hay, sin dudas, algunos peregrinos hirsutas que se agrupan en la curva en la que Bob Dylan se estrelló. Por fuera de esto, del cedro al ciervo, todo es como me gusta. Por la noche, pasmado frente a TiVo, le pedí prestada la guitarra a mi anfitrión y empecé a componer melodías que se parecían a ese paisaje sinceramente querido, por ende agradables.
De golpe, recobré fuerzas. Después de una estadía en Texas durante la cual le tomé brutalmente el pulso a la verdadera Norteamérica, la que aborrezco, volví a casa. Estaba de regreso en París pero no realmente. Tenía ganas de tomar a todos los que quiero de la mano y mostrarles lo que había visto, lo que mis ojos habían visto. Evidentemente, era absurdo y me pusieron rápidamente sobre la senda correcta que es, sin embargo, bastante sinuosa. Entonces, busqué mi oasis a través de la música y volví a ver a Bénédicte. Encaramos entonces la segunda sesión, que fue decisiva. Las voces del Coro de París y, particularmente, la de Rachel, su solista, los gruñidos aéreos del mini Korg cuando se lo molesta y los arpegios de un clavicordio intemporal aportaron la luz, la fauna y el oxigeno que tanto me faltaba. Bénédicte inventó sonidos en su cabeza que se parecían a las imágenes que tenía en la mía... Los otros músicos (y, ante todos, amigos, algunos de infancia) me dieron mucho de ellos en cada ensayo. Incluso había reencontrado el placer de escribir para cuerdas: era el gran regreso de la suerte. Luego, durante algunos meses, hice de actor de cine en Lyon, la ciudad en la que crecí, y en la región de Morvan que, cuando uno está en mi estado, se parece mucho a Utah. Agotado, dormí durante algunas semanas. Finalmente, impulsado por algunas nuevas canciones y animado por un odio venenoso por ciertas otras que desaparecieron en seco, Bénédicte y yo retomamos allí donde habíamos empezado con la ayuda fundamental de Dominique. Después de algunos delicados pero numerosos retoques, terminamos el titulado Trash Yeyé, tantas veces pospuesto por reconversión, crisis de la industria discográfica y plan social.
Muy sinceramente vuestro,
Benjamin Biolay
