Querida amiga, querido amigo:
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- Discurso del Embajador de Francia en Chile, Señor Alain Le Gourriérec
Permíteme antes que nada comentarte que, si escribí estas líneas, fue pensando en quienes, como tú, han hecho parte, voluntaria o involuntariamente, permanente u ocasionalmente, feliz o desgraciadamente, de este capítulo de mi historia.
Al momento de escribirlas me encuentro en Chile, donde estaré hasta el próximo 15 de julio. He venido a algo que explica casi por sí solo por qué, a pesar de haber pasado tantos años soñando desde la distancia del destierro con “el día que vuelva a Chile”, decidí, esta vez por propia voluntad, volver a París y vivir allá la próxima etapa de mi “bigamia patriótica”. Esa que Julio Cortázar describía diciendo que, “aunque siempre me sentiré argentino, París es la mujer de mi vida”. Esa misma que Josephine Baker describía cantando: J’ai deux amours, mon pays et Paris (Tengo dos amores, mi país y París...). Esa veta francófila tú ya la conoces. De hecho, más de alguna vez la vivimos juntos. O la conversamos. Allá y/o acá. A propósito de algún cabernet sauvignon, de Manu Chao, de Isabelle Adjani, de Libertad, Igualdad y Fraternidad, de Le Monde, del Boulevard, de francochilenos, etc. O de algunos de nuestros hijos e hijas, que, contagiados con el mismo virus, tomaron antes una similar decisión.
Pero volvamos a lo que me trajo a Chile en esta oportunidad. He venido ¿podrás creerlo? a “titularme” de Caballero. Para ser más preciso, de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras. Versión original francesa: Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres.
Según me explicara el Ministro francés de Cultura en la carta en que me anunció su decisión, la Orden fue creada para “honrar a quienes se han destacado por sus aportes en el dominio artístico o literario o por la contribución que han hecho a la difusión de la cultura en Francia y en el mundo”. Más específicamente y junto con describirme como “un chileno enamorado de Francia que se siente con raíces en ambos países”, el embajador Alain Le Gourriérec, en su propia misiva al respecto, puso el acento en el tiempo que, según él, yo he dedicado a “crear o vitalizar los lazos entre Chile y Francia en el ámbito cultural”.
Hasta ahí la informaciones. Pero quisiera compartir también contigo lo esencial: las emociones y reflexiones que todo esto me provoca.
Predominan obviamente y de lejos, la alegría, el orgullo personal y profesional, una cierta sensación de nuevos desafíos y responsabilidades y unas ganas como de cantarle a Francia el famoso ¡como no te voy a querer! Obviamente, ahora le encuentro más sentido que nunca al tiempo y a las energías que, como periodista, he consagrado durante años a contarles Francia a los chilenos y Chile a los franceses. Lo primero, desde Francia, a través de la revista Hoy, la Época y Radio Chilena y más tarde, ya en Chile, en Radio Nacional, Radio Universidad de Chile y Radio USACH. A los franceses, mis “cuentos” sobre Chile les han llegado a través de las varias radioemisoras de París en las que trabajé, de mis colaboraciones con diversas revistas culturales y, luego de mi vuelta a Chile, de mis corresponsalías para los diarios Libération y Le Monde. Más tarde Internet me permitió ir más lejos en esto de crear una suerte de pasarela permanente entre nuestros países y, sobre todo, entre nuestros pueblos.
Dicho lo anterior, hay por debajo de esas emociones eufóricas, superlativas y, sobre todo, positivas, otras que también quiero compartir contigo. Tienen que ver con el misterio de aquello que generalmente expresamos con la fórmula “nadie es profeta en su tierra”. En efecto, algo ha pasado en mi vida que resulta ser en Francia y a propósito de Francia que se me activan energías que -con algunas escasas excepciones como la suerte de los periodistas y del periodismo chileno- los “asuntos públicos” puramente chilenos no me logran movilizar. Algo que tiene relación con no sentirme “parte de...”. Y que se traduce en una suerte de indiferencia o de apatía de la que Francia sí logra sacarme. Algo como sentir que allí “sí se puede” porque, paradójicamente, me siento más integrado, más “chez moi”. ¿Tendrá que ver con aquello que llamamos “creérsela”? ¿O será que Francia ha llegado a ser, más que Chile, mi “lugar en el mundo”?
Buscando respuestas me viene a la memoria un poema de nuestro Pablo centenario que, dicho sea de paso, también fue Chevalier des Arts et des Lettres. En el Cuando de Chile, Neruda escribía “Lejos de ti, mitad de tierra tuya y hombre tuyo he continuado siendo, y otra vez hoy la primavera pasa. Pero yo con tus flores me he llenado, con tu victoria voy sobre la frente y en ti siguen viviendo mis raíces”. En otra parte decía “ay cuándo me encontraré contigo, enrollarás tu cinta de espuma blanca y negra en mi cintura, desencadenaré mi poesía sobre tu territorio”.
Leyendo ese poema, tuve siempre la sensación de que, a falta de ser un gran evento nacional, nuestro retorno a Chile no podía ser un acto banal. Un mero “cambio de casa”. Que debería ser como lo que, según yo, describía Violeta Parra en “Volver a los 17”. Uno de esos “instantes fecundos” en que uno vuelve a “sentir profundo”. Sin lugar a dudas, algo de eso hubo al comienzo de mi retorno a Chile, del reencuentro con los míos y del retorno de Chile a la democracia.
Más tarde algo pasó. O dejó de pasar. Algo que no puedo ni quiero reducir a las diversas facetas más bien prosaicas de esta “democracia en la medida de lo posible” a la que hemos tenido que... ¿acostumbrarnos? ¿adaptarnos? ¿resignarnos? ¿Cuál será el verbo justo? Lo que pasó es, en todo caso, mucho más personal. Después de todo, hay quienes, viniendo de la misma historia, sienten que han encontrado en el Chile de hoy lo esencial de la ética, la estética, los valores y el sentido que tenía hacer lo que estábamos haciendo cuando...
Yo no siento lo mismo. Y sin renegar por un instante de todos los encuentros y momentos geniales que viví; sin poner ni en lo más mínimo en cuestión el cariño que siento por mis familiares y mis amigos; sin negarle valor a ninguna de las cosas realmente valiosas que, pese a todo, logran abrirse paso a pesar de tanto mercado, de tanta farándula y de tanto “cada uno ‘pa su santo”, no puedo evitar sentir que mi ansiado reencuentro con Chile terminó convertido en un progresivo desencuentro.
No logré darle a mi vida en Chile un sentido y una estética de ésas que te permiten mirarte en el espejo sin que se te venga encima el peor de los tangos. Para decirlo más claro, lo que me complica la vida en el Chile de hoy no es tanto la calidad del empedrado -sobre el que más de alguna duda tengo- como mi propia capacidad para caminar en él sin cojear demasiado.
No es ésa por cierto ni la única ni la principal razón para preferir estar en Francia. Menos ahora que, además de Chevalier, es allí que Diego (mi hijo) y Maia (su hermosa compañera) me acaban de conferir otro privilegio al menos tan trascendental: el de ser abuelo de la maravillosa Lila Ainoa. Menos aún cuando, en menos de seis meses, se me han abierto posibilidades profesionales que nunca logré abrirme en Chile aun cuando haya llegado a ser “ejecutivo” de una empresa.
Las razones esenciales para irme a Francia son pues esencialmente positivas. Pero no habría sido honesto de mi parte hablarte de la luz sin mencionar las sombras. Compartir las alegrías y esconder los dolores. Porque si algo he aprendido de la vida en estos últimos años, es que nunca es tarde para ver las cosas tal cual son. Que nunca es tarde para retomar el timón y darle a nuestras vidas el rumbo que creíamos irremediablemente perdido y que, pese a todo, sigue alimentando nuestros sueños y nuestros deseos.
No es fácil hacerlo. Tampoco lo fue para mí. Es cierto que he tenido el privilegio y la fortuna de tener con Francia y su gente una historia de amor que me ayudó a hacerlo. Una historia de amor que, entre otros atractivos, no me obliga ni a olvidar ni a bajarle el perfil a mi historia de amor con Chile, con mis orígenes, con “mi gente”. Muy por el contrario. Fue precisamente allí descubrí, hace muchos años, cuán cierto es aquello que cantaba el “compañero” Domenico Modugno: La distancia sabes, es como el viento. Apaga el fuego pequeño, pero enciende aquellos grandes.
Obviamente, Chile hace parte de esos “fuegos grandes”. Y tú también. Por eso quise compartir contigo mi alegría, mi orgullo y estas reflexiones cuya principal aspiración es que sean lo suficientemente sinceras como para que sean dignas de la amistad que, espero, nos siga uniendo.
Hasta siempre
Eduardo Olivares.
