La felicidad de los Chilenos
Independientemente de su aparición en nuestro debate sobre "Alors, heureux les Chiliens?", hemos decidido destacar esta maciza y sensible contribución de Virginia Ramos Poseck, que les invitamos a leer y compartir, muy especialmente en estos días de Fiestas Patrias.
He vivido tolerando un martirio
y jamás pienso mostrarme cobarde,
arrastrando una cadena tan fuerte
hasta que mi triste vida se acabe.
Algún día querrá el cielo tirano
que mis terribles tormentos se acaben
cumpliéndose aquel adagio que dice
no hay mal que por bien no venga,
aunque tarde.
Tonada del folklore chileno del siglo XIX
Cuando en el terreno personal surge la pregunta ¿soy feliz?, es porque no lo soy. Si soy feliz no se me ocurre preguntármelo. Hamlet se preguntaba, mientras sostenía un cráneo en su mano, eso de “ser o no ser y si es mejor dormir, soñar, que sufrir los dardos y espinas de un destino oprobioso”; sin duda es un drama, la infelicidad ante un padre fantasma y castigador. En Chile, desde tiempos de la colonia, se repite el esquema de relaciones laborales y sociales “patrón-inquilino” así como una manera de filantropía paternalista que se confunde con responsabilidad social del estrato más pudiente. Y se ha hablado lo suficiente de los poderes fácticos castigadores.
Las canciones chilenas son tristes si las comparamos al resto del folklore latino americano, por muy lloradas que sean las letras de tangos y boleros son interpretados con pasión y no con el plañir de esta especie de entrega a un destino inexorable contenido en el cantar del pueblo chileno.
En este marco de resignación, los chilenos teníamos sentido del humor negro y con facilidad nos reíamos de nosotros mismos. Hoy en los buses del malhadado sistema nuevo de movilización colectiva “Transantiago”, nos trasladamos del trabajo a la casa y de regreso, tarde, cansados de hacer colas y respirando a penas entre las multitudes que se apiñan en los paraderos. Al fin, arriba del bus, vamos saltando y balanceándonos como niños, sobre los asientos tipo taburetes de bar pero sin el travesaño para apoyar las piernas. Ejemplos hay en todas las familias como el caso de mi amiga profesora que se rompió una costilla al caer al pasillo desde esos asientos ideados por un loco, no existen en el planeta humanos tan altos para sentarse en forma segura en tales objetos. Y así fue como en este último avatar, perdimos el sentido del humor y del absurdo. Definitivamente lo que sentimos todos es rabia ante una burla macabra simbolizada en este famoso plan de transporte. Gota de agua que ha rebalsado el vaso lleno de “costo social” pagado por el hombre y la mujer de la calle y disfrutado por los GGE y las Transnacionales, dueños y señores éstos de nuestro sistema neoliberal de probeta.
Dicen que los gobernantes están amarrados con la Constitución del 80 pero no ha existido ahora último, voluntad política para cambiarla, porque “las inversiones” se van, más de lo que se han ido, se pierde el apoyo del poder económico que es quien sigue mandando globalmente y más aún en los países de América Latina. Hemos hecho un recorrido, como montados en un bus del Transantiago, durante 17 años, desde una dictadura hasta una democracia maliciosa y banal con la que no hayamos qué hacer. Ya nadie quiere asistir a las urnas, desilusionados de la clase política y por otra parte todo el pueblo está endeudado y en Dicom (libro negro de los deudores morosos). Es decir las jaulas de hierro del Estado y del Mercado de las que habló Weber, aquí nos tienen a todos prisioneros de su juego.
No voy a describir la realidad de la inseguridad ciudadana, la drogadicción, las “maras” o pandillas juveniles en los barrios de la periferia, tampoco del smog en las ciudades más grandes, ni la “flexibilidad” laboral sin seguro de desempleo suficiente para dar la posibilidad de asir la punta de la liana del trabajo que viene. Categoría común de chileno, cesante, colgado en el vacío y aullando como Tarzán en la selva, buscando con ojos rápidos donde viene la liana salvadora.
La televisión muestra a todo el país a los bellos y millonarios de la llamada “farándula”, exhibiendo sin pudor sus piscinas, mansiones, grandes jeep cuatro por cuatro, etc. que aumentan el vicio del resentimiento y del chaqueteo, heredado también desde tiempos coloniales. Si me sucede algo bueno mejor no contarlo porque típico que viene el envidioso a romper el encanto. La incertidumbre, el desasosiego, se siente más que el espíritu “innovador” supuestamente digno para celebrar el “bicentenario” con esperanzas renovadas hacia un futuro mejor. Son muy pocos los privados que invierten en investigación, el Estado menos, el sistema político y económico prácticamente se les ha escapado de las manos, está incontrolable.
La brecha de las desigualdades sube, la Iglesia pide fijar un “sueldo ético mínimo” imposible de lograr en acuerdo entre empresarios y partidos políticos, todos pisándose la cola. Los estratos altos heredan sus opciones de acceso laboral a sus hijos y nietos, los estratos bajos heredan también su condición a sus descendientes, la movilidad social es mínima. Un Ingeniero Comercial que estudió y habita en barrio marginal difícilmente tendrá acceso a un puesto laboral en una gran empresa bajo las mismas condiciones de sueldo que un hijo de familia de empresarios. Los chilenos habitamos en una sociedad donde se mezclan en un solo tiempo y espacio, la postmodernidad, la modernidad, la colonia, la edad media, el feudalismo. Muchos actuamos según premios o castigos a recibir en lugar de darnos tiempo para reflexionar en las consecuencias que nuestros actos puedan tener en los demás.
Amartya Sen, premio Nóbel de Economía 1998, [1] dice que las oportunidades de alimentación, salud, vivienda, educación, afectos, necesarias al ser humano en su desarrollo vital conformas las “libertades constitutivas” sin las cuales no se accede a “las libertades instrumentales” que son las libertades ciudadanas propiamente tal, libertad de expresión, de representación, de justicia, sufragio consciente, capacidad de discernir responsablemente, etc. El autor Zygmunt Bauman [2]distingue entre los seres humanos globalizados y los “glocalizados”, éstos últimos no saldrán jamás de su localidad ni de su ignorancia respecto a lo que sucede en el mundo, son los que van aumentando el ejército de los excluidos del sistema y por tanto de los avances en tecnología, salud, educación. El autor Jorge Inostroza, chileno, escribe sobre una de las guerras de Chile en el siglo XIX, comienza su obra épica “Adiós al Séptimo de Línea” con la frase “Malo se presentaba el día para los patriotas,...”
Otra tonada chilena dice “Yo me enamoré del aire, del aire me enamoré y como el amor es aire, en el aire me quedé”, al parecer esa es la felicidad de los chilenos, una utopía, un sueño, una forma de vivir de los otros, y hasta a veces un mito escatológico. Una felicidad en el imaginario, que al fin y al cabo, imaginar se puede hasta con hambre, resignación o rabia.
Virginia Ramos Poseck
Magíster en Ética Social y Desarrollo Humano
Doctora en Ciencias Sociales y Política de América Latina
[1] Cft. SEN, Amartya, Desarrollo y Libertad, Edit. Planeta, Buenos Aires, 2000.
[2] Cft. BAUMAN, Zygmunt, La Globalización, Consecuencias Humanas, Fondo de Cultura Económica, México,2001, 171 p.
